¿Hacia dónde nos llevan las pantallas?

En este artículo exploraremos algunas de las consecuencias que está provocando nuestra creciente dependencia de los smartphones y cómo podemos enfrentar este problema de cara al futuro de la sociedad.

Antes de continuar, una aclaración: este artículo no busca examinar la adicción a la tecnología desde una perspectiva terapéutica, ya que eso requiere la intervención de un profesional de la salud mental. Nuestro enfoque aborda algunas de las claves del uso diario de pantallas para reflexionar acerca del rumbo que estamos tomando como sociedad tecnológica.

Somos animales visuales

Comenzamos con una pregunta fundamental: ¿es posible desarrollar adicción a un sistema digital sin pantalla? Por ejemplo, ¿existen casos de adicción a los podcasts? No parece probable, y todo apunta a que la mayoría de las dependencias tecnológicas involucran el uso de una pantalla.

Los seres humanos dependemos en gran medida de la visión como sentido principal. Esto se refleja en la gran porción de nuestra corteza cerebral dedicada a procesar imágenes. El resto de los sentidos, ya sea por desarrollo evolutivo (olfato) o cultural (oído y tacto), los tenemos un poco atrofiados. Por lo tanto, es razonable pensar que, para generar una adicción psicológica, un sistema digital debe apelar principalmente a la visión, el sentido más influyente.

La conexión permanente

Podríamos preguntar entonces, ¿cómo son nuestras interacciones con las pantallas? Dicen las estadísticas que pasamos más de tres o cuatro horas al día (tirando muy a la baja) pendientes de ellas. Probablemente la cifra real se aproxime más al doble en algunos casos, teniendo en cuenta el tiempo de trabajo y de ocio.

Además de los problemas físicos que esto genera (sequedad ocular, problemas de visión, trastornos del sueño, dolores de espalda…), se están empezando a encontrar una serie de problemas psicológicos que poca gente se esperaba.

De repente, gracias a la ubicua conexión a Internet y a los teléfonos inteligentes, hemos pasado de conectarnos en el trabajo o en casa a estar permanentemente conectados (como ya hablábamos en la primera entrada, Las Notificaciones). Esto, que parece un avance muy beneficioso (y lo es), ha traído consigo una serie de problemas añadidos que podrían compararse con regalarle un cuchillo a un niño para que juegue con él sin haber comprobado si está afilado.

El uso continuado y abusivo de pantallas, o más correctamente, el uso continuado de interfaces gráficas (ya que en otros sistemas como la televisión tradicional no se produce una interacción activa con el usuario), puede estar provocándonos una serie de problemas.

Vamos a analizar algunas de estas posibles consecuencias.

1 – Impaciencia

La asociación que se produce entre tocar algo y obtener una respuesta inmediata acostumbra al cerebro a un aprendizaje de causa-efecto casi instantáneo.

En el mundo real, las cosas no suceden tan rápidamente. Graduarse en la universidad lleva años; construir una relación de pareja es un proceso gradual y escribir un blog o un libro puede llevar mucho tiempo antes de recibir algún reconocimiento. La vida, en términos generales, es lenta y requiere tiempo. Las cosas no son inmediatas.

¿Qué efectos puede tener en niños de uno o dos años, cuyos cerebros son extremadamente moldeables, acostumbrarse a manejar interfaces digitales instantáneas con feedback inmediato? ¿Esas “microrrecompensas” continuas alterarán sus expectativas en el futuro? Al fin y al cabo, si pasan la mayor parte de su infancia interactuando con sistemas que satisfacen lo que uno quiere en cuestión de segundos, no es descabellado pensar que su cerebro esté siendo condicionado para esperar que todas las experiencias sigan este patrón de gratificación inmediata.

2 – Ansiedad

Si nos acostumbramos a esperar gratificaciones instantáneas una y otra vez, pero el mundo real que no funciona así, se crea un desequilibrio. El niño, y posterior adulto, al darse cuenta de que la vida no permite hacer “scroll” para ver más cosas, y que no puede controlar todo y a todos con un dedo, empezará a desarrollar una sensación de falta de control en su vida.

En un mundo físico, sentir que las únicas competencias propias provienen de habilidades intangibles (como el uso de interfaces digitales) puede provocar una especie de “Síndrome de telequinesis” (que me acabo de inventar ahora mismo), donde el mundo se entiende desde una perspectiva mental errónea.

Para entenderlo: ver un partido de fútbol o un documental de alpinismo es tan fácil como abrir YouTube y obtener la recompensa, mientras que para jugar realmente al fútbol o subir una montaña se requieren horas de entrenamiento, práctica y “hacer” de verdad esa acción. Por supuesto, no necesitamos practicar todo lo que vemos para vivir una vida plena (el cine no tendría sentido en ese caso), pero si todas nuestras experiencias son intangibles, no estamos interactuando plenamente con el mundo real. Cuando salgamos ahí fuera intentaremos aplicar unas habilidades que no tienen cabida.

3 – Dificultades de socialización

Somos seres sociales por naturaleza. Aislar a una persona durante meses en su casa, sin ver ni hablar con ningún otro ser humano, aunque tenga todo lujo de interacciones digitales, provocará una pérdida de cordura gradual. Necesitamos el contacto con otros seres humanos porque así es como estamos programados biológicamente. Esta necesidad es universal, aunque varíe en intensidad de persona a persona.

El uso continuo de pantallas impide una socialización correcta, sobre todo en edades críticas donde es especialmente importante. Un adolescente que no socialice tendrá más complicado construir relaciones saludables cuando sea adulto. Es simple: si no te montas en la bicicleta, nunca sabrás pedalear de verdad.

Este punto no es tanto un efecto directo del uso de pantallas, sino más bien secundario, ya que las aplicaciones están diseñadas para que nuestro cerebro las prefiera antes que otra actividad y nos “roben” tiempo, en este caso, de socialización.

4 – Menor capacidad atencional

Desde hace una década se ha empezado a demostrar que el uso continuo de pantallas reduce la capacidad atencional para tareas de atención o lectura profunda, como leer un artículo, una novela o un ensayo. A diferencia de los medios audiovisuales, el texto requiere un mayor esfuerzo cognitivo y paciencia. El contenido y las ideas no se presentan al instante, sino que se van desarrollando conforme avanza el texto.

Es cierto que existen contenidos audiovisuales más profundos que otros. La serie documental “Cosmos” posee una complejidad mayor que la mayoría de los programas de televisión. Sin embargo, incluso en estos casos, la forma de presentar los contenidos siempre será más directa en un medio audiovisual, por lo que el cerebro ha de “trabajar menos” para obtener esa información, volviéndonos cada vez más perezosos.

5 – Ocio de baja calidad

Es importante definir qué es ocio de calidad y qué no lo es. Hacer scroll en una red social durante horas no es un ocio de calidad. Caminar por la montaña o leer un libro sí lo es. Las diferencias son notables:

Hacer scroll no es una actividad deportiva ni beneficia la salud física. Tampoco entrena el cerebro, ya que el contenido que se está procesando carece de la complejidad cognitiva necesaria para ser un reto significativo.

Por otro lado, leer un libro (aunque fuera el peor libro del mundo) está activando más zonas del cerebro que el promedio de las publicaciones en redes sociales. Además, nos proporciona nuevas ideas, que son el caldo de cultivo para una mente fuerte y sana.

En este punto, el lector se estará dando cuenta de que existen diferentes tipos de “pantallas”, y que cuando lanzamos la pregunta que nombra a este artículo, me estoy refiriendo principalmente al uso indiscriminado de teléfonos móviles con redes sociales.

Ocio de calidad, es, por tanto, cualquier actividad que tenga cierta demanda de recursos (mentales, físicos, o ambos) que reporten un beneficio y una diversión a partir de lo invertido.

La regla de oro para determinar si una actividad es ocio de alta calidad es prestar atención a cómo nos sentimos después de realizarla. Actividades como la escalada, el bricolaje, la jardinería, el senderismo o la lectura generalmente nos dejan con una sensación de tranquilidad, relajación y logro, sabiendo algo más o teniendo mejores ideas. Después de leer publicaciones de tu vecino en las redes sociales o involucrarse en discusiones en Twitter, lo más seguro es que acabemos más nerviosos que antes, que hayamos aprendido bien poco, y que nos sintamos culpables por no haber hecho lo que realmente nos apetecía hacer.

6 – Más accidentes

Accidentes de coche, de moto, de patinete, de dron, de running… Cada vez es más común ver un conductor de algún medio de transporte utilizando una pantalla. ¿Por qué ocurre esto? Para entenderlo recordemos el principio del artículo: la visión es el sentido más desarrollado en el ser humano.

Una pantalla, al final, no es más que una ventana a otro lugar y el ser humano es curioso por naturaleza, le gusta descubrir cosas nuevas porque eso significa potenciales mejoras en supervivencia. El problema es que nuestra genética entra en conflicto con nuestro desarrollo tecnológico, desequilibrando la balanza. No somos capaces de diferenciar el mundo real del mundo digital y que la pantalla que tenemos delante puede distraernos y conseguir que nos estrellemos en cuestión de segundos (tampoco comprendemos lo qué significa moverse en una máquina a 33 metros por segundo).

De esta forma, recibir un mensaje de texto de un amigo o un familiar adquiere casi tanta relevancia como si estuviera físicamente presente. Y ya sabemos que dejar esperando a los amigos es de muy mala educación…

7 – Insomnio

En la actualidad, muchas personas sufren de insomnio, y aunque las causas son variadas y complejas, una de ellas está relacionada con el uso de dispositivos electrónicos antes de dormir.

Las pantallas retroiluminadas de los teléfonos móviles, ordenadores y tabletas emiten luz frontalmente, a diferencia de las pantallas de los lectores de e-books que no emiten luz, o lo hacen lateralmente. Esta luz de las pantallas es, en gran medida, azul. Se ha demostrado que la luz azul interfiere con la producción normal de melatonina, una sustancia crucial para conciliar el sueño.

A grandes rasgos, el cerebro interpreta la luz azul como una señal de que aún es de día, retrasando así el proceso de adormecimiento y manteniendo un nivel de actividad más cercano a la vigilia. Por lo tanto, se recomienda dejar de utilizar pantallas retroiluminadas unas horas antes de ir a dormir.

Para obtener más detalles, se puede consultar la entrada sobre Salud Visual.

8 – Colores más apagados

Las pantallas han supuesto una revolución a la hora de percibir el mundo. Podemos ver lugares y objetos en movimiento con muchos detalles en lugar de fotografías estáticas. De hecho, la tecnología de paneles mejora drásticamente cada año, y utilizar un teléfono actual con pantalla OLED supone un espectáculo visual que deja al mundo real un tanto obsoleto.

Los seres humanos tenemos la capacidad de distinguir una amplia gama de colores, desde cientos de miles hasta un millón de variaciones. Como tantas otras, esta capacidad ha evolucionado a la vez que nuestro entorno por un motivo: los colores proporcionan información valiosa del mundo. Por ejemplo, los colores de las frutas nos indican su estado, y los tonos de la piel pueden revelar la salud o el estado emocional de una persona. Los colores indican muchas cosas, y son siempre útiles.

El problema es que el mundo real tiene sus propios colores, y están lejos de ser tan intensos como los que muestran nuestras pantallas actuales. Por lo tanto, cuando vemos campos de flores, praderas o el mar, nos parecerá que son colores apagados y con falta de viveza.

Como respuesta a este fenómeno han surgido soluciones (software y ajustes de accesibilidad) que proponen atenuar los colores en las pantallas o usar escalas de grises. Las personas que lo han probado durante algunas semanas dicen que ven el mundo con colores más vivos.


Hasta ahora hemos examinado ocho maneras en que las pantallas están afectando nuestra percepción del mundo, nuestro comportamiento y nuestra salud. Profundicemos un poco más en nuestro análisis.

La “zombificación” de la sociedad

Aunque los beneficios del uso de pantallas (por el momento) superan las desventajas que hemos comentado, seguro que me habré dejado muchas repercusiones en el camino. Es responsabilidad de los propios usuarios analizar con objetividad las tecnologías que van apareciendo e implantándose en la sociedad. Que algo se estandarice y sea utilizado por la mayoría no lo convierte en beneficioso de manera automática.

Si en otra época fueron protagonistas los avances tecnológicos en el transporte o la industria, en esta lo son la comunicación y lo digital. La tecnología debería siempre actuar como medio para un fin, y no como el fin en sí mismo. Este quizá sea uno de los mayores problemas con los que nos topamos en la actualidad a la hora de adoptar nuevos sistemas de información.

Las redes sociales nacieron como un medio para facilitar la comunicación del mayor número de personas posible y hacernos más sociables, pero se han convertido en justo lo contrario, y ahora muchas veces nos separan más que nos unen físicamente. Si queremos avanzar como sociedad es imperativo que tomemos consciencia de todo esto y pongamos algunos medios para controlarlo, de igual forma que la industria alimentaria aclara qué ingredientes y sustancias químicas son seguras para el consumo humano y cuáles no lo son.

En las próximas décadas quizá veamos una “zombificación” de la sociedad: incapaz de prestar atención a una tarea profunda más de 5 minutos, con dificultades para desarrollar opiniones propias o leer textos complejos. Aumentarán los accidentes de tráfico por distracciones, y cada vez más gente presentará problemas de sueño, de sedentarismo, o de depresión y ansiedad (cosa que ya está ocurriendo).

Aunque siempre se han escrito artículos amenazantes acerca del futuro (es hasta un género literario) ahora hay una diferencia: nunca hemos tenido la tecnología de la que disponemos actualmente. Una tecnología con la capacidad de alterar el cerebro y moldearlo por repetición. Algunas de estas alteraciones tendrán ventajas de cara a una sociedad rápida y superficial (como puede ser una mayor capacidad para buscar información), pero conllevarán muchos otros inconvenientes de los que hemos hablado.

¿Cómo arreglamos esto?

Para evitar que todo esto suene como una predicción fatalista, se pueden tomar dos caminos para evitar el uso indiscriminado de pantallas y de actividades digitales de ocio de bajo nivel como las redes sociales:

  • Un cambio de paradigma en el sector tecnológico, hacia un modelo económico centrado en el ser humano y el largo plazo.
  • Un cambio en el diseño de las interfaces digitales y en la experiencia de usuario (UX).

El primer punto es más complicado. Requiere que los modelos productivos de las empresas tecnológicas actuales pasen del corto plazo (donde los ingresos los generan las toneladas de publicidad en los contenidos) a un modelo de medio y largo plazo, en el que los algoritmos premien los contenidos de calidad que aporten valor a las personas. Un modelo en el que el producto deje de ser el usuario.

El segundo punto depende del primero, ya que casi todas las aplicaciones de uso común las desarrollan las grandes empresas tecnológicas. La mayoría de las aplicaciones sociales están diseñadas de forma que aprovechen las vulnerabilidades del funcionamiento normal del cerebro. Por ejemplo, aparecen nuevos contenidos cada segundo en el feed y es casi imposible estar al día, como si fuera una máquina tragaperras donde el siguiente puede ser “el bueno”.

Como hemos comentado, esto es un modelo dañino. Primero para el usuario, pero también para la empresa. Una sociedad embobada es aprovechable, pero a la larga planteará más problemas que beneficios (si tus usuarios padecen depresión o ansiedad dejarán de utilizar la aplicación). Talar el Amazonas puede aportar mucho rendimiento económico a corto plazo, pero a la larga el balance será insostenible.

Dos datos finales

Terminamos con dos datos preocupantes: la tasa de suicidio adolescente ha ido creciendo junto a la implantación progresiva del smartphone, y cada vez hay más gente joven con problemas de ansiedad y depresión. Recordemos que son el rango de edad que más usa las pantallas a diario (especialmente en redes sociales). A eso hay que sumar la gran cantidad de conductores que dejan de mirar al frente para consultar una notificación o escribir un mensaje. Se estima que una de cada cinco muertes al volante la causan distracciones con el teléfono.

Queda claro que no vamos por buen camino en esta dirección. Esto no es solo competencia de las autoridades y las grandes empresas tecnológicas, los usuarios también tenemos un gran trabajo por delante. Es el momento de que cada uno asuma su parte y recuperemos el control.

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