Coursera frente a la universidad tradicional

En esta nueva sección de opinión, abordaremos algunas temáticas de actualidad que puedan ser útiles para el momento de transición en el que vivimos. Como siempre, se tratarán temas relacionados con la mejora del bienestar y su aplicación a la vida diaria.

Disclaimer – Aviso a navegantes: las opiniones vertidas en esta entrada son personales, fruto de mi experiencia como usuario de Coursera. En ningún momento he recibido compensación de ningún tipo, ni promocional ni económica por ninguna de las partes.

El único objetivo de esta entrada es aportar una visión alternativa de la enseñanza superior desde las posibilidades que ofrece la tecnología actual.

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Los certificados de Google

Google ha lanzado recientemente una iniciativa educativa a través de la plataforma Coursera en formato MOOC (Masive Online Open Course). Se trata de varios programas de formación con los que pretenden flexibilizar la enseñanza superior, que tradicionalmente ha estado limitada a las universidades tradicionales.

Con estos programas, Google pretende formar personas sin muchos conocimientos previos en materias tecnológicas como el Diseño de Experiencia de Usuario, Análisis de Datos, Gestión de Proyectos, o Soporte de IT, con el objetivo de proporcionar competencias profesionales para que puedan desempeñar un trabajo (al menos, a priori).

Cada programa consta de 7 cursos (o asignaturas), cada uno distribuido en 4 semanas. Tras superarlos, obtendremos la certificación. La participación implica el pago de una cuota mensual de 32 euros, al estilo de plataformas de suscripción de streaming.

Vamos a analizar un poco las diferencias y las similitudes que entrañan estos programas con la enseñanza superior clásica.

A la hora de estudiar una carrera, la opción más común es hacerlo a través de una universidad tradicional, en las que se lleva a cabo un riguroso control de asistencia a las clases para persuadir a los alumnos a seguir acudiendo.

En este contexto, obligar a la gente a ir a las clases se puede comparar con el sentido del humor: cuando se fuerza, deja de tener gracia). Es probable que algún lector esté totalmente de acuerdo con esta práctica, argumentando que, si no se llevara a cabo, nadie pisaría un aula. A todos aquellos que piensen así, desde aquí les invitamos a sentarse frente a un rincón a recapacitar sobre sus actos.

Las universidades, a pesar de su importancia en la educación, presentan una serie de deficiencias o ‘anacronismos’, ya que muchos de sus sistemas y prácticas pertenecen a épocas pasadas (lo cual nos daría material para varias entradas y libros).

Entre ellas, merecen especial atención los exámenes tradicionales. En el futuro, es posible que los pedagogos y los docentes del siglo XXII nos estudien asombrados, al conocer cómo eran nuestros exámenes y para qué los usábamos, igual que nosotros nos horrorizamos de las torturas de la Inquisición. Aunque los exámenes son bastante más baratos. Solo requieren un papel y un bolígrafo, y las víctimas confiesan más rápido.

Los exámenes, tal y como se aplican hoy en día, están caducados, les ha salido moho. Así que hay que reciclarlos, porque en la forma actual no sirven nada más que para atormentar al personal y son contraproducentes para aprender.

Los alumnos memorizan conceptos con sudor y los vomitan a primera hora. Y una vez han expulsado todas las respuestas, si te he visto, no me acuerdo. ¿Alguien pagaría por un disco duro que tarda semanas o meses en copiar información y que la elimina a los pocos días?

Todo esto entra en conflicto con el fin último de examinar, que no es otro que comprobar si el alumno ha adquirido el conocimiento necesario. En este momento, los lectores que estaban sentados recapacitando en el rincón preguntarán: ¿cómo comprobamos entonces quién “se sabe” la asignatura?

Planteemos dos opciones.

No comprobando quién “se lo sabe”

¡Qué ignominia, entonces TODO el mundo obtendría un título!

La cuestión principal es que los títulos y las carreras profesionales no deberían estar basados solo en aprender de memoria conocimientos estáticos (orientación al pasado), sino aprender a usar conocimientos de forma práctica y novedosa (orientación al futuro), que fueran atractivos y cuya evaluación tuviese un propósito real.

Además, se entiende que una persona adulta que decide estudiar una carrera y permanecer en ella durante años debería tener una motivación y un interés real por la disciplina, por lo que sería más beneficioso proporcionarle herramientas útiles en lugar de obstáculos adicionales.

Cuando un concepto se explica con dedicación, el alumno suele recordarlo con más facilidad. Podemos añadir la amplísima investigación que existe actualmente relacionando el buen aprendizaje con la activación emocional en el alumno. Aprendemos de verdad lo que nos interesa y lo que nos motiva.

Comprobándolo de otra manera

Y que esta sea útil incluso para el alumno. Los exámenes solo están al servicio de la propia institución educativa, ya que el usuario no se beneficia de ningún modo al realizarlos. Esto hay que intentar mejorarlo.

El modelo de exámenes actuales, en el que transcurren días o incluso semanas entre su realización y la obtención de resultados no favorece en absoluto la retentiva de los errores cometidos.

Hay formas de comprobar conceptos de forma más productiva, ofreciendo un feedback instantáneo en el que el alumno pueda aprender rápidamente cuál era la respuesta correcta. Esto involucra la necesidad de usar sistemas digitales actuales (como la plataforma Kahoot), pero ya va siendo hora de actualizarse y sacar partido a estas herramientas.

Los exámenes en Coursera

Retomando la forma de trabajar con Coursera, los cursos de esta plataforma están distribuidos en semanas de trabajo, como antes hemos comentado. Cada semana dispone de contenido audiovisual, bibliografía, ejercicios y lo que nos interesa en este punto, los cuestionarios.

Coursera opta por este término en lugar de “exámenes”, lo cual resulta más adecuado considerando su enfoque y metodología. Estos cuestionarios están abiertos durante toda la semana para que los alumnos los completen, enfatizando el aprendizaje por encima de la penalización.

Los cuestionarios disponen de unas 15-20 preguntas tipo test (no hacen falta 80 para evaluar el conocimiento…) sin trampa ni cartón: claras, bien redactadas, y con respuestas justas y coherentes. Si hemos atendido a los contenidos, sabremos responder la mayoría.

No son preguntas literalmente copiadas del contenido, muchas de ellas hay que “deducirlas” a partir de lo aprendido, por lo que obligan a pensar un poco y no vomitar las respuestas. Para superar el cuestionario, se necesita acertar el 80% de las preguntas, un umbral adecuado debido al formato.

Aquí viene lo interesante del asunto. El usuario puede repetir el cuestionario tres veces, y en cada intento se renuevan algunas de las preguntas. El feedback es instantáneo, a diferencia de los exámenes tradicionales, donde pueden pasar semanas sin conocer el desempeño que hemos tenido, olvidando casi todo.

Lo novedoso de este sistema es que “suspendiendo” es como mejor se aprende la disciplina, ya que los errores se recuerdan mucho mejor y el usuario siente una especie de “reto” por medio de gamificación para conseguir llegar al 100%. 

No solo puedes repetir el examen, sino que suspender posee valor de aprendizaje. Aunque la plataforma no utiliza la palabra “suspender” en el sentido tradicional, y nos invita a intentarlo de nuevo. Porque el aprendizaje trata de eso, la curiosidad es un proceso de ensayo y error.

Para aquellos escépticos que aun defienden que los exámenes actuales son la única prueba válida para determinar el conocimiento, podemos afirmar que repitiendo algunos de estos cuestionarios se pueden consolidar conceptos de manera más efectiva.

Esto contrasta con muchos exámenes tradicionales, durante los cuales no solo no se aprende ni un solo concepto, sino que se acaba por confundir los que el alumno cree bien asimilados, gracias a preguntas mal redactadas y respuestas tramposas con el único objetivo de despistar y “pillar” al estudiante.

El sistema de trabajo de Coursera

Como mencionamos antes, el sistema de Coursera organiza sus cursos en módulos de 4 semanas. ¿Es demasiado poco? Depende del ritmo de aprendizaje.

En la universidad un curso de cuatro semanas sería muy escaso; las clases conllevan horas de largas digresiones y el profesor es incapaz de sintetizar conceptos clave. En cambio, con el formato MOOC, puede ser suficiente para determinadas asignaturas.

En los MOOC, las clases consisten en vídeos grabados por instructores, con una duración entre 5 y 10 minutos (recordemos que la atención se dispersa con facilidad), donde se sintetizan los conceptos clave de esa lección, evitando divagaciones innecesarias.

Este formato beneficia tanto a los profesores como a los estudiantes: los primeros preparan y graban la lección una vez, seleccionando la mejor versión, mientras que los estudiantes pueden acceder al contenido en cualquier momento y repasarlo tantas veces como lo necesiten.

En algún momento, los profesores más tradicionales, celosos de su intimidad y su críptico sistema de enseñanza (legado por una secreta deidad arcana) tendrán que asumir que la información y el conocimiento formativo deberían ser públicos y de libre acceso. Y así, además, se añade un componente de “higiene” educativa: si algo lo van a ver miles de personas, uno lo prepara con más dedicación.

A estas clases en vídeo que hemos comentado se suma la bibliografía en forma de artículos o páginas webs, también sintetizada, sin obligar a los estudiantes a dedicar largas horas profundizando en un tema demasiado concreto para ser útil fuera del contexto académico.

Atención, ojo, cuidado: no estoy en contra de la lectura de manuales y libros completos, más bien al contrario. Como lector que soy, tengo claro que la lectura y la reflexión son la única manera de profundizar realmente en una disciplina. Pero el mundo cambia, y la docencia ha de cambiar con él.

Una vez se han cubierto los conceptos necesarios, cualquier persona es libre de profundizar en toda la bibliografía disponible hasta el nivel que considere oportuno.

Por otro lado, también disponen de actividades complementarias de diversa índole, además de participación en foros de discusión, donde se puede conocer la opinión de otros compañeros de curso.

En algunos casos, los trabajos presentados se pueden corregir de forma colaborativa, eliminando la necesidad de incluir un tutor personal. Este es el punto más débil de estos sistemas de aprendizaje, pero se entiende que por limitaciones económicas no es posible llevarlo a cabo.

Considero que es en estos términos donde plataformas como Coursera todavía tienen que mejorar mucho, y pensar su estrategia para conseguir mayor implicación “activa” por parte del alumno.

Seguro que más de uno se estará preguntando acerca de los famosos y tan de moda trabajos en grupo. Pues no, en Coursera no existen (al menos, en los cursos que he realizado hasta ahora). Y menos mal.

Por algún motivo, a los pedagogos de este siglo se les ha metido en la cabeza que los trabajos grupales son vitales y de suma importancia. No me malinterprete el lector. En muchas circunstancias, un trabajo colaborativo puede ser enriquecedor y conviene preparar al alumno para trabajar con otras personas de cara a su futuro laboral. Pero no en todas las circunstancias.

Se nos está pasando por alto el valor de trabajar en soledad, de rumiar ideas y fomentar la creatividad personal. Cuando solo trabajamos en grupo, corremos el riesgo de consensuarlo todo y acabar pensando lo mismo (group thinking). Y cuando todos piensan lo mismo, ninguno está pensando. Hay espacio para el trabajo grupal y también para el trabajo en solitario, pero si me preguntan, me decanto por el segundo, pues pocas obras de arte se han realizado a ocho manos.

La comparación final

Ahora, la pregunta del trillón. ¿Entonces es mejor Coursera que la universidad tradicional? No. La universidad tiene muchas ventajas. Por ejemplo, dispone de espacios físicos, de los que no hemos hablado, pero que son tan importantes como el contenido (véase “Neuroarquitectura“) para fomentar un conocimiento más pausado, más profundo, a fuego lento.

Además de ello, muchas de las carreras esenciales para la sociedad son difíciles o imposibles de impartir de forma online, y requieren no solo de presencialidad, sino también de una “inmersión” presencial y muchas veces técnica. No todo se basa en recopilar conceptos, formarse en una profesión también requiere vivirla físicamente.

Pero ojo, muchas otras formaciones, por su naturaleza, SÍ podrían impartirse exclusivamente online, y en lugar de en cuatro años, en la mitad. Todo depende de los contenidos y la forma de presentarlos.

Terminamos con una reflexión. Es indudable que Google, Microsoft y otras entidades son empresas cuyo objetivo primordial es generar ingresos. No obstante, cuando este tipo de compañías alcanzan cierta magnitud, suelen diversificar sus intereses y desarrollar nuevas actividades, algunas de las cuales son utilidad para los usuarios.

Los escépticos pueden quedarse tranquilos, las empresas, en última instancia, solo miran por ellas mismas, eso es cierto. Pero en ese proceso egoísta a veces hay beneficios colaterales (y en contra de lo que podría suponerse, los cursos no incluyen publicidad de la empresa).

A lo que vamos: si Google, una de las compañías que más ha crecido en los últimos 25 años, ha entrado en la formación digital a través de este tipo de aprendizaje, ¿no sería inteligente examinar cómo lo han implementado y tomar prestadas algunas cosas útiles para mejorar nuestro sistema de enseñanza?

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