Google y Coursera frente a la universidad tradicional

En esta nueva sección de opinión abordaremos algunas temáticas de actualidad que puedan ser útiles para el momento de transición en el que vivimos. Como siempre, se tratarán temas relacionados con la mejora del bienestar y su aplicación a nuestra vida diaria.

Disclaimer – Aviso a navegantes: las opiniones vertidas en esta entrada son personales, fruto de mi experiencia como usuario de Coursera y estudiante de universidad. En ningún momento he recibido compensación de ningún tipo, ni promocional ni económica por alguna de las partes. El único objetivo de esta entrada es aportar una visión alternativa de la enseñanza superior desde las posibilidades que ofrece la tecnología actualmente. Tenemos tan ampliamente aceptado el funcionamiento de la enseñanza desde hace décadas, que no somos capaces de pensar que puedan existir alternativas a la forma tradicional de proceder. Y lo más importante, que es posible aplicar esas alternativas aquí y ahora. Comenzamos.

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Recientemente, me he matriculado en una iniciativa muy interesante que ha puesto en marcha Google a través de la plataforma de formación online Coursera. Se trata de un programa de certificados profesionales, como ellos los llaman. El objetivo es acercar y liberar la enseñanza superior, que hasta ahora sigue arrinconada en esas instituciones estáticas que llamamos universidades tradicionales. Con estos programas (cuatro hasta el momento), Google pretende formar personas sin prácticamente conocimientos previos en materias tecnológicas como el Diseño de Experiencia de Usuario (el que he escogido), Análisis de Datos, Gestión de Proyectos, o Especialista en Soporte de IT, hasta el punto de dotarles de competencias profesionales para que puedan desempeñar un trabajo. Para ello, los programas están compuestos por 7 “sub-cursos” o asignaturas, por hacer el símil, cada uno distribuido en 4 semanas de trabajo constante. Tras superar todos, obtendremos la certificación. Todo ello pagando una cuota mensual de 32 euros, al estilo de plataformas como Netflix o Spotify. La idea, de entrada, es bastante ambiciosa.

Como casi todos los mortales que hemos estudiado una carrera, lo he hecho en una universidad tradicional, de las de toda la vida, en las que pasan lista para persuadir a la gente a que acuda a clase (sí, hay profesores en la enseñanza superior que prefieren aulas llenas de personas distraídas frente a un grupo reducido de alumnos motivados. Al final, ir a clase es como el humor o el sexo, si lo fuerzas, a la gente le deja de interesar). Seguramente algunos lectores estarán en terrible y caduco desacuerdo con esto, siendo el argumento principal que, entonces, nadie pisaría una clase. En ese caso, los animo a que se sienten frente a un rincón y recapaciten sobre lo que acaban de pensar.

Las universidades tradicionales, como todos sabemos, adolecen de multitud de fallos (más correctamente, anacronías, pues pertenecen a un sistema de otro momento histórico), y eso nos daría material para varias entradas, incluso para un libro, o una novela río, si nos venimos arriba. Pero no está de más comentar algunos que merecen más de un tirón de orejas. Como, por ejemplo, los exámenes. Algún día los pedagogos y los docentes del siglo XXIII nos estudiarán espantados al conocer qué eran los exámenes y para qué los usábamos, igual que nosotros nos horrorizamos de las torturas de la Inquisición. Aunque, todo sea dicho, los exámenes son bastante más baratos. Basta con un papel y un bolígrafo, y las víctimas suelen confesar mucho más rápido.

Sea como fuere, los exámenes están pasados de fecha, están caducados, les ha salido moho, y hay que tirarlos. O al menos, reciclarlos, porque en la forma actual no sirven nada más que para atormentar, y al final son contraproducentes. Los alumnos memorizan conceptos con sudor y los vomitan a primera hora. Y una vez han expulsado todas las respuestas, si te he visto, no me acuerdo. ¿Alguien pagaría por un disco duro que tarda semanas o meses en copiar información y que la elimina a los pocos días? Es absurdo, y entra en conflicto con el fin último de examinar, que no es otro que comprobar si el alumno dispone de la información, so pena de quedar estancado y no poder avanzar en el curso. En este momento, los lectores que estaban sentados en el rincón se volverán a levantar, henchidos de ironía, y preguntarán que, entonces, cómo comprobamos quién “se sabe” la materia. Les ofrezco dos alternativas:

– No comprobar quien “se sabe” la materia. ¡Horror! ¡Ignominia! ¿Cómo no vamos a comprobarlo? ¡Entonces TODO el mundo obtendría un título! Error. Error desde los cimientos, pues los títulos y las carreras profesionales no deberían estar basados en aprender de memoria conocimientos estáticos (orientación al pasado), sino aprender a usar conocimientos de forma práctica y real (orientación al futuro). Además de ello, se entiende que una persona adulta que decide estudiar una carrera y permanecer en ella durante años, tiene motivación e interés por la disciplina, por lo que sería mucho más inteligente y productivo no ponerle más trabas de la que ya existen en la vida, y dotarle de herramientas útiles que recordarán hasta “sin querer”. Recordemos aquello que nos decían, “cuando la lección es divertida, nunca se olvida”. Y podemos añadir a esto la amplísima investigación que existe actualmente relacionando el buen aprendizaje con la activación emocional en el alumno. Aprendemos de verdad lo que nos interesa.

– “Comprobándolo” de otra manera, que sea incluso útil para el alumno. Los exámenes solo están al servicio del sistema, ya que el usuario no se beneficia de ningún modo. Esto hay que cambiarlo, hay formas de comprobar conceptos de forma más productiva. En Coursera hay pruebas, pero no se llaman “Exámenes” sino “Cuestionarios”. Hay una diferencia muy grande, y ya sabemos que las palabras tienen mucho poder.

En Coursera, los cursos están distribuidos en semanas de trabajo, como antes hemos comentado. Cada semana dispone de contenido audiovisual, bibliografía, ejercicios y cuestionarios. Hablaremos del formato de trabajo de Coursera un poco más adelante. Ahora vamos a centrarnos en los cuestionarios. Estos están abiertos durante toda la semana para que los alumnos los superen, aunque si uno se pasa la fecha, existe la oportunidad de poder hacerlo hasta que el mes acaba. Esto, aunque Coursera recomienda hacerlos en su tiempo, permite organizarse mejor si estamos compatibilizando con un trabajo o con otras obligaciones. Los cuestionarios disponen de unas 10 preguntas tipo test (no hacen falta 80, está demostrado que la atención se muere después de 15-20 minutos realizando la misma tarea), sin trampa ni cartón, claras, bien redactadas, y con respuestas justas y coherentes. Ojo, no son preguntas literalmente copiadas del contenido, muchas de ellas hay que “deducirlas” a partir de lo aprendido, por lo que obligan a pensar y no vomitar. Para superar el cuestionario, se necesitan el 80% correctas. Y aquí viene lo interesante del asunto. El usuario puede repetir el cuestionario 3 veces cada 8 horas, y en cada intento se renuevan algunas de las preguntas y respuestas, por lo que no vale hacerles una foto. El feedback es instantáneo, a diferencia de los exámenes tradicionales, donde pueden pasar semanas o meses sin conocer el desempeño. Lo curioso de esto, es que, al final, “suspendiendo” es como mejor se aprende la disciplina, ya que los sucesivos errores se recuerdan muy bien, y el usuario siente una especie de “reto” o de gamificación para conseguir llegar al 100%.

 

Cuestionario de Coursera

 

Aquí empezamos a entender la gran diferencia con la universidad tradicional. No solo puedes repetir el examen, sino que suspender posee hasta valor de aprendizaje. Por supuesto, la palabra suspender aquí no existe, y el sistema te invita a volver a intentarlo, porque, ¿no se trata justo de eso el proceso de aprendizaje? ¿la curiosidad no es un proceso de ensayo y error? ¿por qué tiene que haber un límite que provoque ansiedad en las personas con la idea de no poder acabar sus estudios y completar su formación? (Y comer de ello…). Y para todos los escépticos que defiendan que los exámenes son la única prueba válida, puedo atestiguar que repitiendo algunos de estos cuestionarios he aprendido mucho más que en la mayoría de los exámenes de mi carrera universitaria, durante los cuales no solo no aprendí ni un solo concepto, sino que encima acabaron por confundir los que yo creía bien asimilados días antes, gracias a preguntas mal redactadas y respuestas tramposas.

Siguiendo con el plan de Coursera, antes hemos comentado su sistema de trabajo basado en 4 semanas por curso. ¿Es esto demasiado poco? Depende. Al ritmo de la universidad tradicional, con horas de largas digresiones en forma de clases, donde el profesor es incapaz de sintetizar conceptos clave y al final termina hablando de las bandadas de estorninos en invierno; a este ritmo, como digo, es muy escaso. Al ritmo de Coursera, es suficiente. Las clases las forman vídeos bien grabados por instructores expertos en el tema, de no más de 5 o 10 minutos (recordemos, la atención humana se dispersa más allá de los 15 minutos), donde se sintetizan los conceptos clave de esa lección. Y nada más. Ni historias de la “mili”, ni opiniones políticas, ni faltas de respeto al alumnado. Y, por supuesto, visibles a cualquier hora, los 365 días. Todo el mundo gana. Los instructores solo tienen que preparar y exponer la clase una vez (o, al menos, se quedan con la mejor) y los alumnos disponen de la mejor clase posible cuando quieran, y todas las veces que quieran. En algún momento, los profesores más tradicionales, “celosos” de su intimidad y su críptico sistema de enseñanza que les ha sido legado por una secreta deidad arcana, tendrán que asumir que la información y el conocimiento deberían ser públicos y de libre acceso.

A estas clases en vídeo que hemos comentado se suma bibliografía en forma de artículos o páginas webs, también sintetizada, sin obligar a los estudiantes a dedicar largas horas profundizando en un tema demasiado concreto para ser útil ahí fuera. Ojo, no estoy en contra de la lectura de manuales y libros completos (como lector voraz que soy, tengo muy claro que la lectura y la reflexión son la única manera de profundizar realmente en una disciplina), pero considero que el mundo cambia, y la docencia ha de cambiar con él.

 

Panel de un curso de Coursera

 

Por otro lado, también se dispone de actividades complementarias de diversa índole, prácticas y teóricas, además de participación en foros de discusión, donde se puede conocer la opinión de otros compañeros de curso, si así lo queremos. En algunos casos, los trabajos presentados se pueden corregir de forma colaborativa, eliminando así la necesidad de incluir un tutor personal. Este es el punto más débil de estos sistemas de aprendizaje (a mi parecer no es necesariamente malo, soy un estudiante con inclinación autodidacta y suelo escapar de tutorizaciones, aunque comprendo que hay muchos perfiles que sí los prefieren) pero se entiende que por obvias limitaciones económicas no es posible hacerlo. No obstante, es en estos términos donde Coursera todavía tiene que mejorar mucho y pensar su estrategia para conseguir mayor implicación “activa” por parte del alumno, sin que esta sea de forma coercitiva, como lo es en la enseñanza tradicional.

En este punto, seguro que más de uno se estará preguntando acerca de los famosos y tan de moda trabajos en grupo. Pues no, en Coursera (al menos en todos los cursos que he realizado) no existen. Y menos mal. Por algún extraño motivo, a los pedagogos de este siglo se les ha metido en la cabeza que los trabajos grupales son vitales y de suma importancia. No me malinterprete el lector, en muchas circunstancias, un trabajo colaborativo puede ser enriquecedor, y conviene preparar al alumno para trabajar con otras personas de cara a su futuro laboral. Pero, por favor, no en todas las circunstancias. Se nos está pasando por alto el valor de trabajar en soledad, de rumiar ideas y fomentar la creatividad personal. Cuando solo trabajamos en grupo, corremos el riesgo de consensuarlo todo y acabar pensando lo mismo (group thinking). Y cuando todos piensan lo mismo, ninguno está pensando. Hay espacio para el trabajo grupal y también para el trabajo en solitario, pero si me preguntan, me decanto por el segundo, pocas obras de arte se han realizado a ocho manos.

Y ahora, la pregunta del millón, el momento polarizador de la entrada que tanto les gusta a los medios de comunicación hoy en día. ¿Entonces es mejor Coursera que la universidad tradicional? No. La universidad tradicional tiene muchas ventajas aun con su sistema caduco y desfasado. La universidad dispone de espacios físicos, de los que no hemos hablado, pero que son tan importantes como el contenido (véase la Neuroarquitectura), tanto para la correcta asimilación de este, como para la socialización de sus alumnos. No somos máquinas, y las mejores amistades, las que duran toda la vida, pueden conseguirse aquí.

La universidad también fomenta un conocimiento más pausado, más profundo, a fuego lento, con bibliotecas, con salas de estudio, con tranquilidad. Además de ello, muchas de las carreras importantes para la sociedad son difíciles de impartir de forma online, y requieren no solo de presencialidad, sino también de esa “inmersión” que representa ser alumno universitario. Pero ojo, no caigamos ahora en lo contrario: muchas otras carreras SÍ podrían impartirse exclusivamente online, y en lugar de en cuatro años, en la mitad, o menos. Todo depende de los contenidos y la forma de presentarlos.

Para ir finalizando la entrada, una pequeña reflexión. Google y Coursera, como todos sabemos, son empresas. Y como todas las demás empresas, su fin último es ganar dinero. Pero cuando algunas empresas son lo suficientemente grandes (Google, Microsoft…), comienzan a tener más motivaciones derivadas de su actividad empresarial, y empiezan a desarrollar otras actividades, algunas de ellas útiles para el conjunto de usuarios. Sí, los escépticos pueden quedarse tranquilos, las empresas, en última instancia, solo miran por ellas mismas, pero en ese proceso a veces hay beneficios colaterales, y, en mi caso personal, estoy aprendiendo “Diseño de Experiencia de Usuario” a un ritmo agradable y divertido. Y, en contra de lo que podría parecer, el temario y los instructores no están constantemente haciendo publicidad de Google. No la necesitan. Y, a lo que voy: si Google, uno de los organismos más grandes del mundo en apenas 20 años, ha optado por entrar en la educación a través de este tipo de aprendizaje digital, ¿no sería inteligente echarle un vistazo a la forma en la que lo han hecho y tomar prestadas algunas cosas útiles para mejorar nuestras propias universidades? Ahí lo dejo.

Alejandro Ochoa
Graduado en Psicología. Especializado en Neurociencias aplicadas al bienestar y a la mejora del rendimiento de las personas. Si quieres saber más, pincha en la página "¿Quién soy?"

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